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sábado, 18 de octubre de 2008

Cacica y miembra, distinto tratamiento por la RAE

Al contrario que lo sucedido con la palabra miembra, la palabra cacica sí ha sido aceptada por la RAE sin crear ningún tipo de polémica.

Ya hemos visto a lo largo de los sumarios de noticias sobre miembras recogidos en este blog, que muchas de las noticias que incluyen la palabra miembras, pertenecen al ámbito hispanoamericano, donde el uso del término miembra, parece que sí está extendido, como se ha demostrado aquí documentalmente. También es habitual en este ámbito, el uso de la palabra cacica.

El diccionario de la RAE, ha incluido el término cacica, desde la edición de 1852 con el significado de "la mujer del cacique" y desde la edición de 1925 y hasta 2001 con una segunda acepción: "señora de vasallos en alguna provincia o pueblo de indios"

Es a partir de la edición de 1956 que, junto a esta denominación xenófoba -que se mantiene en 2001 y en la edición futura- incluye una tercera acepción:

cacique, ca

(De or. caribe).

3. m. y f. coloq. Persona que en un pueblo o comarca ejerce excesiva influencia en asuntos políticos.

Aunque ya en el avance la vigésima tercera edición, pretenden enmendar este uso recomendando la utilización de la forma en masculino para designar el femenino:

cacique, ca

3. m. y f. coloq. Persona que en un pueblo o comarca ejerce excesiva influencia en asuntos políticos.

MORF. U. t. la forma en m. para designar el f. Doña Manuela era la cacique del pueblo.

La cruzada de la RAE contra el uso de los términos en femenino comenzó ya en 2001, pues son muchos los artículos que se enmendaron añadiendo la coletilla U.T. la forma en m. para designar el f. (Utilícese la forma en masculino para designar el femenino). Esto es lo que ocurrió con las palabras médico -a, arquitecto -a, concejal -a, en la edición de 2001, y lo que ocurrirá en próximas ediciones si las miembras de estas profesiones y los que perseguimos un lenguaje no sexista, no lo remediamos.

domingo, 20 de julio de 2008

Escritos al oído de John Cage. Si la palabra música...

PARA HACER MÚSICA

"Si la palabra música se considera sagrada y reservada para los instrumentos de los siglos dieciocho y diecinueve, podemos sustituirla por otro término más significativo: organización de sonido".

CREO QUE EL USO DEL RUIDO

"Donde quiera que estemos, lo que oímos más frecuentemente es ruido. Cuando lo ignoramos, no molesta. Cuando lo escuchamos, lo encontramos fascinante. El sonido de un camión a cincuenta millas por hora. La estática entre emisoras. La lluvia. Queremos capturar y controlar esos sonidos, y usarlos no como efectos sonoros sino como instrumentos musicales. Todo estudio cinematográfico tiene una bibilioteca de 'efectos sonoros' grabados en cinta. Con un fonógrafo de cinta ahora es posible controlar la amplitud y la frecuencia de cada uno de estos sonidos y darles ritmos dentro o más allá del alcance de la imaginación. Con cuatro fonógrafos de cinta podemos componer e interpretar un cuarteto para motor de explosión, viento, latido del corazón y corrimiento de tierras".

John Cage: Escritos al oído. El futuro de la música: Credo.

domingo, 6 de julio de 2008

Parturiente/parturienta/parturiento

Washington/Los Ángeles. (Agencias) 4 de julio de 2008. El transexual Thomas Beatie, conocido como el primer "hombre embarazado" de la historia, ha dado a luz a una niña en un hospital de Oregón mediante un parto natural, informó hoy la cadena de televisión ABC.

Esta noticia ha sido recogida por los siguientes medios:

Veamos la definición que da el Diccionario de la RAE (22º Edición, 2001):

parturienta o parturiente

(Del lat. parturĭens, -entis, part. act. de parturīre, estar de parto).
1. adj. Dicho de una mujer: Que está de parto o recién parida. U. t. c. s.

Así pues, los diccionarios se quedan obsoletos ante hechos como estos, como también es preciso que las gramáticas se actualicen para responder a las nuevas realidades sociales.

Según la Gramática española de Juan Alcina Franch y José Manuel Blecua (Barcelona, Ariel, 1987), al tratar del género de los categorizadores nominales y la concordancia alternativa, estos autores afirman:

"Por moción, el masculino utiliza los alomorfos -o, -e, -( ) frente el femenino en -a. En consecuencia, se dan las oposiciones -o/-a, -e/-a, -( )/-a. A estos hay que añadir un grupo organizado de derivativos especiales por influjo culto.

Participios de presente que por su significación no pueden aplicarse a hombres, como ocurre con parturiente, han dispuesto en su lugar una forma en -a, parturienta. La formación de femeninos en -a se abre paso en casos como estudiante/a, dependiente/a, gobernante/a, intrigante/a, negociante/a. Caso representativo de estas modificaciones a través del tiempo lo ofrece la palabra infante, invariable todavía en el siglo XVIII". La forma tigra aparece en el Libro de Alexandre".

"Nuestra situación desencadena incógnitas legales, políticas y sociales", admitió Thomas Beatie cuando se hizo público el caso. Desde este blog pensamos que su situación también desencadena incógnitas morfológicas, léxicas y lingüísticas. Y que los conceptos de orientación sexual y género no gramatical son muy necesarios para comprender, admitir y respetar la identidad y diversidad de todas las personas que conforman las sociedades del siglo XXI.

domingo, 29 de junio de 2008

Natividad de la palabra

En el principio fue el sustantivo.


Estático y cambiante en la eterna armonía de las cosas,
el mundo inamovible perseveraba ajeno a nuestros pasos
sólo apenas rozado
por el filo de un labio fascinado y audaz.


La lengua decisiva separaba los pájaros
o señalaba el íntimo y supremo anhelo de los astros.


Imagina que arrancas los velos de silencio impenetrable
hasta que la materia exhiba su desnudez más íntima.
Imagina que despiertas una a una, con tu índice, las sílabas dormidas
hasta depositar sus ecos en el hueco vacío de las sombras.
Sueña que has inventado ayer

la luz,
---el ocaso,
--------la clepsidra,
-----------el astrolabio.


Antes que la navaja de Occam cercenara su filo
aquella rosa roja sintió angustia
en el preciso instante de su mutilación.

María Jesús Lamarca Lapuente

domingo, 15 de junio de 2008

Algunos cambios históricos en el género gramatical de los sustantivos

Sobre el género gramatical de los sustantivos que designan profesiones, cargos, títulos y actividades humanas

Jueza (desde 1992 existe el femenino en el diccionario de la RAE con la acepción de mujer que desempeña el cargo de juez. Esta nueva acepción pervive junto al sustantivo común en cuanto al género juez: persona que tiene autoridad y potestad para juzgar y sentenciar). Por supuesto, la RAE acepta sin rechistar cualquier sentencia que dictan sus Señorías.

Concejala (desde 1927 existe en el diccionario la forma en femenino con la acepción de mujer que desempeña el cargo de concejal de un ayuntamiento. Sin embargo, en 2001 en el diccionario de la RAE se recomienda usar la forma en masculino concejal para designar el femenino). Desconozcemos las razones de este cambio de opiniones en los Sres. miembros.

Jefa (desde 1884 existe en el Diccionario en el sentido de superiora o cabeza de un cuerpo u oficio y en el año 2001 continúa esta acepción, pero el diccionario indica que se utilice jefe, esto es, el sustantivo común de género para Jefe de Estado, Jefe de Gobierno, Jefe de Administración, etc. aunque se trate de mujeres). Poquito a poco, pero tocando techo.

Presidenta (aparece en el diccionario desde 1803 en las acepciones de mujer del presidente o la que manda y preside en alguna comunidad. Sin embargo, aun en la edición de 2001, el Diccionario de la RAE recomienda el sustantivo presidente para cabeza superior de un gobierno, consejo, tribunal, junta, sociedad, etc. y para Jefe de Estado en los regímenes republicanos, aun tratándose de mujeres). Vid. comentario anterior.

Ministra (el término aparece en femenino el diccionario desde 1803, pero con el sentido de la que sirve a otro para alguna cosa. En 1984 y 1989 los diccionarios de la RAE reconocen la forma femenina para designar a la que, en la gobernación del Estado ejerce la jefatura de un departamento ministerial, pero se recomienda que se use la forma masculina precedida del artículo: la ministro. En 2001 ya se incluye el término femenino para referirse a la persona que dirige cada uno de los departamentos ministeriales en que se divide la gobernación del Estado: la ministra). Se sospecha que cuando algunas miembras del gobierno llegaron en tropel a ocupar sus cargos, no tragaron por el aro de la O y se encaramaron al rabito de la A, dijera lo que dijera la RAE. Total, ¡eran ellas las que echaban la firma! Y la RAE ¡Trágala, trágala!

Médica (desde 1984 ya no es sólo la mujer del médico, sino también la persona legalmente autorizada para profesar y ejercer la medicina, en femenino). Con la salud no se juega.

Ginecóloga (el término masculino aparece por primera vez en el diccionario de la RAE en 1914. A partir de 1936 surge también la forma femenina como persona que profesa la ginecología -parte de la medicina que trata las enfermedades especiales de la mujer-). No sólo los expertos, las expertas también mandan.

Sastra (desde 1803 la mujer del sastre o la que tiene ese oficio). Sastras y modistillas, pero los modistos si son de alta costura, vienen de París en 1984.

Bombera (la forma femenina para esta profesión aparece en 2001. En la edición del diccionario de la RAE de 1989 sólo existía bombero como término masculino). Las pioneras fueron rápidas extinguiendo fuegos.

Clienta (En 1984 existe la forma femenina refiriéndose a mujer que entra en un establecimiento o utiliza los servicios de un profesional o un establecimiento; junto a la forma común para ambos géneros cliente, definida como persona que utiliza con asiduidad los servicios de un profesional o empresa. Así se mantiene en la edición de 2001. Está previsto añadir una corrección en la 23ª edición para incluir la acepción de programa o dispositivo que solicita determinados servicios a un servidor del que depende). ¿No se cree conveniente precisar que los hombres también entran en los establecimientos? Ellos son habituales, mientras que ellas van de compras, pero ambos siempre tienen razón.

Bedel (el término bedel ya aparece en el año 1726 en el Diccionario de Autoridades. El diccionario de la RAE de 2001 incluye el masculino y el femenino el bedel/la bedel: en los centros de enseñanza, persona cuyo oficio es cuidar del orden fuera de las aulas, además de otras funciones auxiliares; pero se corregirá en la 23ª edición añadiéndose la coletilla MORF. U. t. la forma en m. para designar el f. Mi prima es bedel. Y mi primo no se entera.


CONCLUSIONES (en serio):

Parece que fuimos antes sastras y que nunca llegaremos a frailas, pero hemos conseguido ser juezas, ministras, médicas, ginecólogas, bomberas y clientas. Todavía existen problemas en las Corporaciones Locales, porque aún andamos a medio trecho entre concejales y concejalas y lo mismo sucede en los centros de enseñanza, en donde las andanzas de las bedelas son vigiladas por la RAE si salen de las aulas.

Por supuesto, sólo hemos llegado a presidentas de comunidad y jefas de ventas pues todavía somos aspirantes a Presidentas del Gobierno y Jefas de Estado. A las Cancilleras vecinas de reciente cargo, aun pudiendo la RAE atender a su referente real de sexo mujer, la Academia impuso tratar de Canciller, será porque hablando alemán, la susodicha no distingue el femenino del masculino en castellano. Por su parte, la Vicepresidenta se ha autodesignado sin consultar a la RAE. ¡Quién pudiera! ... Son las cosas del poder.

¿Algún miembro de la Academia se atreve a aventurar por qué los cambios sociales precedieron a los gramaticales? ¿Existe alguna razón lingüística que se le escapa a esta lingüista?

Y miembra ¿por qué no? Esta no es una imposición de las elites, sino una revolución gramatical desde abajo. Claro que sólo buscamos el morfema femenino en su séptima acepción: individuo que forma parte de un conjunto, comunidad o cuerpo moral (DRAE, 22 ed. 2001), no pretendíamos tocarles la segunda.

Unas pequeñas lecciones de gramática histórica, de la mano de Menéndez Pidal, para miembros y miembras olvidadizos:

"El Género: masculino y femenino. El romance conservó los dos géneros masculino y femenino tal como en latín: panis, axis, mons, solmors, navis, lis, salus. No obstante, hay varias diferencias entre el género de los nombres latinos y el de los romances; pero sólo merece notarse aquí que el romance simplificó las relaciones entre la terminación y el género, y salvo el día y la mano no consintió la –a final átona de la primera declinación sino en los femeninos, ni la –o sino en los masculinos.

Los femeninos en –o no tuvieron más remedio que, o cambiar de género, o de terminación. Ya en latín vulgar eran sentidos como masculinos los nombres femeninos de árboles en –us que seguían la segunda declinación: fraxinus, ulmus, taxus, o la segunda y la cuarta: pinus, picus; así en español son masculinos fresno, olmo, trejo, pino, y con sólo la significación del fruto higo. Por otra parte, cambian de terminación: socrus suegra, nurus nuera, y los nombres de las piedras preciosas amethystus amatista, smaragdus masculino y femenino, esmeralda. No faltan ejemplos de este doble cambio en una misma palabra, como en el nombre del arbusto alaternus fem., ant. ladierno y aladierna; saphirus fem., piedra zafira, mod. el zafiro.

Desaparición del género neutro.- El género neutro se caracteriza en latín por tener el nominativo igual al acusativo, en singular con diversas terminaciones especiales de género, y en plural terminando ambos casos exclusivamente en –A. Esta forma externa especial se conservó en romance, pero la idea del género neutro se perdió (salvo en el pronombre y adjetivo sustantivado), quedando así una forma vacía de sentido. Ante esta contradicción, el romance incluyó las formas del neutro que acababan en –o entre los masculinos, las en –a entre los femeninos, y las indiferentes por no terminar en ninguno de estos dos fonemas, las atribuyó a cualquiera de los dos géneros según razones que dependen de la historia especial de cada palabra". R. Menéndez Pidal: Manual de Gramática Histórica Española, 1904.

Y a modo de reflexión, tengamos en cuenta que los adjetivos en -or eran antiguamente invariables (alma sentidor, vezina morador, espadas tajadores, etc.), pero a partir del siglo XIV comenzaron a generalizarse con terminación femenina, que luego se impuso como obligatoria, salvo los comparativos, y aun estos toman –a cuando se sustantivan: la superiora. Los adjetivos en –an, -in, tienen su –a etimológica: alemana, holgazana, mallorquina, danzarina; hasta el período clásico se conservó “provincia cartaginés, la leonés potencia. Hoy es de rigor la –a para formar el femenino en los derivados de pueblos cuyos masculinos terminan en -es, como francesa, cordobesa, pero jamás se usa en cortés.

Y seguimos con Menéndez Pidal que hacia 1904 afirmaba:

"Antiguamente se decía la cuchar/las cuchares (en lat. neutro) luego se dijo -ra/ras; antes se decía las andes, luego las andas (en lat. masc.) ... Con mayor razón toman -a los sustantivos que significan individuos de los dos sexos para dar forma propia al femenino; así, los anticuados la señor, la infante hoy tienen -a, y se va generalizando la parienta".

Así pues, los avatares del género femenino en castellano a lo largo de la historia son muchos y variados y las normas han ido cambiando con el paso de los años. También las palabras concretas viven su propia historia, influidas no sólo por cuestiones fonéticas, semánticas y sintácticas, sino también por causas subjetivas, culturales, sociales e ideológicas.

Menéndez Pidal, aunque refiriéndose a los cambios fonéticos esporádicos, afirmaba que la influencia analógica (influencia de una palabra sobre otra) tiene su principal campo de acción en la morfología, pues actúa principalmente para asimilar categorías de palabras que desempeñan igual función gramatical, por ejemplo, igualando la terminación de los singulares, de los femeninos o las diversas formas del verbo. "Hay muchos casos en los que el hablante no se limita a usar de la palabra como signo indiferente fijado y animado por la tradición, sino que la contamina con alguna otra representación psíquica concurrente, que viene a alterar la articulación de la palabra. esta deformación fonética viene del deseo, por lo común inconsciente, de hacer resaltar con el sonido la analogía verdadera o supuesta que se descubre entre dos o más voces, avecinando el sonido de una al de otra, o confundiendo en una dos voces de significado análogo".

Y algunas explicaciones extraídas del Diccionario de Dudas:

En el caso de la formación del femenino en sustantivos que designan profesiones, cargos, títulos o actividades humanas, algunas de las normas que hoy recomienda la Academia en su Diccionario de dudas, atendiendo únicamente a criterios morfológicos, son:

  • aquellos cuya forma masculina acaba en –o forman normalmente el femenino sustituyendo esta vocal por una –a. Por ejemplo, médico/médica, ministro/ministra, ginecólogo/ginecóloga, etc. Sin embargo, la propia RAE ha presentado -y presenta- una resistencia feroz a la aceptación de las formas femeninas, como en el caso de médica y ministra hasta que su uso generalizado condujo a la Academia a incorporar estas formas femeninas en el diccionario.
  • los que acaban en –a funcionan en su inmensa mayoría como comunes: el/la atleta, el/la cineasta, el/la guía, el/la logopeda, etc. En algunos casos por razones etimológicas se presenta la terminación culta –isa: poetisa, profetisa, papisa. En el caso de poeta, existen ambas posibilidades para el femenino: poeta/poetisa. Son asimismo comunes en cuanto al género los sustantivos formados con el sufijo –ista: el/la ascensorista, el/la electricista, el/la taxista.
  • Los que acaban en –e tienden a funcionar como comunes, en consonancia con los adjetivos con esta misma terminación, que suelen tener una única forma (afable, alegre, pobre, etc.): el/la amanuense, el/la cicerone, el/la conserje. Algunos tienen formas femeninas específicas a través de los sufijos –ea, -isa o –ina: alcalde/alcaldesa, conde/condesa, héroe/heroína). En muy pocos casos se han generados femeninos en –a, como en jefe/jefa, sastre/sastra, cacique/cacica. ¿Por qué si los femeninos jefa y presidenta constan en el diccionario desde 1803 y 1884, respectivamente, ha existido tanta resistencia por parte de la Academia para aceptarlos e, incluso, la edición 2001 de la RAE sigue recomendando utilizar el sustantivo en género común (la jefe) o (la presidente) para cabeza superior de un gobierno, consejo, tribunal, junta, sociedad, etc. y para Jefe de Estado cuando se trata de mujeres?). Dentro de este grupo están también los sustantivos terminados en –ante o –ente y, procedentes en gran parte de participios del presente latinos, y que funcionan en su mayoría como comunes, en consonancia con la forma única de los adjetivos con estas mismas terminaciones (complaciente, inteligente, pedante, etc.): el/la agente, el/la conferenciante, el/la estudiante. No obstante, en algunos casos se ha generalizado el uso femeninos en –a, como clienta, dependienta o presidenta.
  • Los que acaban en –l o –z tienden a funcionar como comunes: el/la cónsul, el/la corresponsal, el/la capataz, el/la juez, el/la portavoz, en consonancia con los adjetivos terminados en estas mismas consonantes, que tienen, salvo poquísimas excepciones, una única forma, válida tanto para el masculino como para el femenino: dócil, brutal, soez, feliz (no existen las formas femeninas *dócila, *brutala, *soeza, *feliz). No obstante, algunos de estos sustantivos han desarrollado con cierto éxito un femenino en –a, como es el caso de juez/jueza, aprendiz/aprendiza, concejal/concejala o bedel/bedela. Si el Diccionario de Dudas de la RAE recomienda el uso de estas formas exitosas, por qué el DRAE recomienda lo contrario?

El caso del femenino miembra

Podemos considerar que en el primero de estos casos anteriormente citados se encuentra el término miembro, ya que la forma masculina acaba en -o, y por tanto, no es descabellado usar una forma femenina en –a miembra (Nos referimos a la séptima acepción que da el DRAE, 22 ed. 2001 de la palabra miembro: individuo que forma parte de un conjunto, comunidad o cuerpo moral; y no al resto de acepciones, todas ellas de género gramatical masculino: 1. m. Cada una de las extremidades del hombre o los animales articuladas con el tronco; 2. m. Pene, 3. m. Parte de un todo unida él; y 4. m. Parte o pedazo de una cosa separada de ella), etc.

Por tanto, aunque caben los chistes fáciles y facilísimos (tanto desde la perspectiva machista, como desde la feminista, puesto que en este caso podemos aludir al sexo, al género y a los miembros genitales, desviándonos fácilmente de la cuestión lingüística), existe cierta tendencia histórica, y perfectamente verificable no sólo realizando de forma seria y rigurosa un análisis histórico de la evolución gramatical de algunos cambios terminológicos, sino echando una simple ojeada y comparando las voces, acepciones y cambios de género gramatical, que se recogen en los diccionarios de la RAE de los últimos años.

De esta forma, podemos afirmar que los sustantivos que comienzan a utilizarse en el habla de forma vacilante entre las formas (el ministro/la ministro y el ministro/la ministra), aunque en el diccionario de la RAE sólo se recojan como sustantivos comunes en cuanto al género durante una larga temporada como ocurre con el término, en su séptima acepción, el miembro/la miembro, si acaban consolidándose en el habla y se generalizan las formas femeninas, tras años de batalla con los miembros de la RAE, son aceptadas también en el DRAE y fijadas con un término aparte las formas femeninas (ministra) (médica), que pervivirán junto a las formas del sustantivo del género común (el/la ministro, el/la médica) hasta que en los sillones de la Academia recalen varias miembras y sólo conste un término que indique las formas masculina y femenina, sin ya aludir a los términos de género común.

Y es que, en el caso de que el sustantivo termine en –o (como miembro), la posibilidad del femenino –a si se generaliza su uso (miembra), no tiene vuelta atrás. El tiempo lo dirá y algunos académicos por su solidísima formación lingüística lo saben: Gregorio Salvador, Salvador Gutiérrez y José Antonio Pascual. Los dos primeros han arremetido contra su uso, con la rabia y la certeza de que éste conducirá, finalmente, a un doble término. Otros, a la vista de sus declaraciones, parece ser que ignoran las tripas y la historia de la lengua castellana. Y no nos gusta señalar a nadie.