domingo, 15 de junio de 2008

Algunos cambios históricos en el género gramatical de los sustantivos

Sobre el género gramatical de los sustantivos que designan profesiones, cargos, títulos y actividades humanas

Jueza (desde 1992 existe el femenino en el diccionario de la RAE con la acepción de mujer que desempeña el cargo de juez. Esta nueva acepción pervive junto al sustantivo común en cuanto al género juez: persona que tiene autoridad y potestad para juzgar y sentenciar). Por supuesto, la RAE acepta sin rechistar cualquier sentencia que dictan sus Señorías.

Concejala (desde 1927 existe en el diccionario la forma en femenino con la acepción de mujer que desempeña el cargo de concejal de un ayuntamiento. Sin embargo, en 2001 en el diccionario de la RAE se recomienda usar la forma en masculino concejal para designar el femenino). Desconozcemos las razones de este cambio de opiniones en los Sres. miembros.

Jefa (desde 1884 existe en el Diccionario en el sentido de superiora o cabeza de un cuerpo u oficio y en el año 2001 continúa esta acepción, pero el diccionario indica que se utilice jefe, esto es, el sustantivo común de género para Jefe de Estado, Jefe de Gobierno, Jefe de Administración, etc. aunque se trate de mujeres). Poquito a poco, pero tocando techo.

Presidenta (aparece en el diccionario desde 1803 en las acepciones de mujer del presidente o la que manda y preside en alguna comunidad. Sin embargo, aun en la edición de 2001, el Diccionario de la RAE recomienda el sustantivo presidente para cabeza superior de un gobierno, consejo, tribunal, junta, sociedad, etc. y para Jefe de Estado en los regímenes republicanos, aun tratándose de mujeres). Vid. comentario anterior.

Ministra (el término aparece en femenino el diccionario desde 1803, pero con el sentido de la que sirve a otro para alguna cosa. En 1984 y 1989 los diccionarios de la RAE reconocen la forma femenina para designar a la que, en la gobernación del Estado ejerce la jefatura de un departamento ministerial, pero se recomienda que se use la forma masculina precedida del artículo: la ministro. En 2001 ya se incluye el término femenino para referirse a la persona que dirige cada uno de los departamentos ministeriales en que se divide la gobernación del Estado: la ministra). Se sospecha que cuando algunas miembras del gobierno llegaron en tropel a ocupar sus cargos, no tragaron por el aro de la O y se encaramaron al rabito de la A, dijera lo que dijera la RAE. Total, ¡eran ellas las que echaban la firma! Y la RAE ¡Trágala, trágala!

Médica (desde 1984 ya no es sólo la mujer del médico, sino también la persona legalmente autorizada para profesar y ejercer la medicina, en femenino). Con la salud no se juega.

Ginecóloga (el término masculino aparece por primera vez en el diccionario de la RAE en 1914. A partir de 1936 surge también la forma femenina como persona que profesa la ginecología -parte de la medicina que trata las enfermedades especiales de la mujer-). No sólo los expertos, las expertas también mandan.

Sastra (desde 1803 la mujer del sastre o la que tiene ese oficio). Sastras y modistillas, pero los modistos si son de alta costura, vienen de París en 1984.

Bombera (la forma femenina para esta profesión aparece en 2001. En la edición del diccionario de la RAE de 1989 sólo existía bombero como término masculino). Las pioneras fueron rápidas extinguiendo fuegos.

Clienta (En 1984 existe la forma femenina refiriéndose a mujer que entra en un establecimiento o utiliza los servicios de un profesional o un establecimiento; junto a la forma común para ambos géneros cliente, definida como persona que utiliza con asiduidad los servicios de un profesional o empresa. Así se mantiene en la edición de 2001. Está previsto añadir una corrección en la 23ª edición para incluir la acepción de programa o dispositivo que solicita determinados servicios a un servidor del que depende). ¿No se cree conveniente precisar que los hombres también entran en los establecimientos? Ellos son habituales, mientras que ellas van de compras, pero ambos siempre tienen razón.

Bedel (el término bedel ya aparece en el año 1726 en el Diccionario de Autoridades. El diccionario de la RAE de 2001 incluye el masculino y el femenino el bedel/la bedel: en los centros de enseñanza, persona cuyo oficio es cuidar del orden fuera de las aulas, además de otras funciones auxiliares; pero se corregirá en la 23ª edición añadiéndose la coletilla MORF. U. t. la forma en m. para designar el f. Mi prima es bedel. Y mi primo no se entera.


CONCLUSIONES (en serio):

Parece que fuimos antes sastras y que nunca llegaremos a frailas, pero hemos conseguido ser juezas, ministras, médicas, ginecólogas, bomberas y clientas. Todavía existen problemas en las Corporaciones Locales, porque aún andamos a medio trecho entre concejales y concejalas y lo mismo sucede en los centros de enseñanza, en donde las andanzas de las bedelas son vigiladas por la RAE si salen de las aulas.

Por supuesto, sólo hemos llegado a presidentas de comunidad y jefas de ventas pues todavía somos aspirantes a Presidentas del Gobierno y Jefas de Estado. A las Cancilleras vecinas de reciente cargo, aun pudiendo la RAE atender a su referente real de sexo mujer, la Academia impuso tratar de Canciller, será porque hablando alemán, la susodicha no distingue el femenino del masculino en castellano. Por su parte, la Vicepresidenta se ha autodesignado sin consultar a la RAE. ¡Quién pudiera! ... Son las cosas del poder.

¿Algún miembro de la Academia se atreve a aventurar por qué los cambios sociales precedieron a los gramaticales? ¿Existe alguna razón lingüística que se le escapa a esta lingüista?

Y miembra ¿por qué no? Esta no es una imposición de las elites, sino una revolución gramatical desde abajo. Claro que sólo buscamos el morfema femenino en su séptima acepción: individuo que forma parte de un conjunto, comunidad o cuerpo moral (DRAE, 22 ed. 2001), no pretendíamos tocarles la segunda.

Unas pequeñas lecciones de gramática histórica, de la mano de Menéndez Pidal, para miembros y miembras olvidadizos:

"El Género: masculino y femenino. El romance conservó los dos géneros masculino y femenino tal como en latín: panis, axis, mons, solmors, navis, lis, salus. No obstante, hay varias diferencias entre el género de los nombres latinos y el de los romances; pero sólo merece notarse aquí que el romance simplificó las relaciones entre la terminación y el género, y salvo el día y la mano no consintió la –a final átona de la primera declinación sino en los femeninos, ni la –o sino en los masculinos.

Los femeninos en –o no tuvieron más remedio que, o cambiar de género, o de terminación. Ya en latín vulgar eran sentidos como masculinos los nombres femeninos de árboles en –us que seguían la segunda declinación: fraxinus, ulmus, taxus, o la segunda y la cuarta: pinus, picus; así en español son masculinos fresno, olmo, trejo, pino, y con sólo la significación del fruto higo. Por otra parte, cambian de terminación: socrus suegra, nurus nuera, y los nombres de las piedras preciosas amethystus amatista, smaragdus masculino y femenino, esmeralda. No faltan ejemplos de este doble cambio en una misma palabra, como en el nombre del arbusto alaternus fem., ant. ladierno y aladierna; saphirus fem., piedra zafira, mod. el zafiro.

Desaparición del género neutro.- El género neutro se caracteriza en latín por tener el nominativo igual al acusativo, en singular con diversas terminaciones especiales de género, y en plural terminando ambos casos exclusivamente en –A. Esta forma externa especial se conservó en romance, pero la idea del género neutro se perdió (salvo en el pronombre y adjetivo sustantivado), quedando así una forma vacía de sentido. Ante esta contradicción, el romance incluyó las formas del neutro que acababan en –o entre los masculinos, las en –a entre los femeninos, y las indiferentes por no terminar en ninguno de estos dos fonemas, las atribuyó a cualquiera de los dos géneros según razones que dependen de la historia especial de cada palabra". R. Menéndez Pidal: Manual de Gramática Histórica Española, 1904.

Y a modo de reflexión, tengamos en cuenta que los adjetivos en -or eran antiguamente invariables (alma sentidor, vezina morador, espadas tajadores, etc.), pero a partir del siglo XIV comenzaron a generalizarse con terminación femenina, que luego se impuso como obligatoria, salvo los comparativos, y aun estos toman –a cuando se sustantivan: la superiora. Los adjetivos en –an, -in, tienen su –a etimológica: alemana, holgazana, mallorquina, danzarina; hasta el período clásico se conservó “provincia cartaginés, la leonés potencia. Hoy es de rigor la –a para formar el femenino en los derivados de pueblos cuyos masculinos terminan en -es, como francesa, cordobesa, pero jamás se usa en cortés.

Y seguimos con Menéndez Pidal que hacia 1904 afirmaba:

"Antiguamente se decía la cuchar/las cuchares (en lat. neutro) luego se dijo -ra/ras; antes se decía las andes, luego las andas (en lat. masc.) ... Con mayor razón toman -a los sustantivos que significan individuos de los dos sexos para dar forma propia al femenino; así, los anticuados la señor, la infante hoy tienen -a, y se va generalizando la parienta".

Así pues, los avatares del género femenino en castellano a lo largo de la historia son muchos y variados y las normas han ido cambiando con el paso de los años. También las palabras concretas viven su propia historia, influidas no sólo por cuestiones fonéticas, semánticas y sintácticas, sino también por causas subjetivas, culturales, sociales e ideológicas.

Menéndez Pidal, aunque refiriéndose a los cambios fonéticos esporádicos, afirmaba que la influencia analógica (influencia de una palabra sobre otra) tiene su principal campo de acción en la morfología, pues actúa principalmente para asimilar categorías de palabras que desempeñan igual función gramatical, por ejemplo, igualando la terminación de los singulares, de los femeninos o las diversas formas del verbo. "Hay muchos casos en los que el hablante no se limita a usar de la palabra como signo indiferente fijado y animado por la tradición, sino que la contamina con alguna otra representación psíquica concurrente, que viene a alterar la articulación de la palabra. esta deformación fonética viene del deseo, por lo común inconsciente, de hacer resaltar con el sonido la analogía verdadera o supuesta que se descubre entre dos o más voces, avecinando el sonido de una al de otra, o confundiendo en una dos voces de significado análogo".

Y algunas explicaciones extraídas del Diccionario de Dudas:

En el caso de la formación del femenino en sustantivos que designan profesiones, cargos, títulos o actividades humanas, algunas de las normas que hoy recomienda la Academia en su Diccionario de dudas, atendiendo únicamente a criterios morfológicos, son:

  • aquellos cuya forma masculina acaba en –o forman normalmente el femenino sustituyendo esta vocal por una –a. Por ejemplo, médico/médica, ministro/ministra, ginecólogo/ginecóloga, etc. Sin embargo, la propia RAE ha presentado -y presenta- una resistencia feroz a la aceptación de las formas femeninas, como en el caso de médica y ministra hasta que su uso generalizado condujo a la Academia a incorporar estas formas femeninas en el diccionario.
  • los que acaban en –a funcionan en su inmensa mayoría como comunes: el/la atleta, el/la cineasta, el/la guía, el/la logopeda, etc. En algunos casos por razones etimológicas se presenta la terminación culta –isa: poetisa, profetisa, papisa. En el caso de poeta, existen ambas posibilidades para el femenino: poeta/poetisa. Son asimismo comunes en cuanto al género los sustantivos formados con el sufijo –ista: el/la ascensorista, el/la electricista, el/la taxista.
  • Los que acaban en –e tienden a funcionar como comunes, en consonancia con los adjetivos con esta misma terminación, que suelen tener una única forma (afable, alegre, pobre, etc.): el/la amanuense, el/la cicerone, el/la conserje. Algunos tienen formas femeninas específicas a través de los sufijos –ea, -isa o –ina: alcalde/alcaldesa, conde/condesa, héroe/heroína). En muy pocos casos se han generados femeninos en –a, como en jefe/jefa, sastre/sastra, cacique/cacica. ¿Por qué si los femeninos jefa y presidenta constan en el diccionario desde 1803 y 1884, respectivamente, ha existido tanta resistencia por parte de la Academia para aceptarlos e, incluso, la edición 2001 de la RAE sigue recomendando utilizar el sustantivo en género común (la jefe) o (la presidente) para cabeza superior de un gobierno, consejo, tribunal, junta, sociedad, etc. y para Jefe de Estado cuando se trata de mujeres?). Dentro de este grupo están también los sustantivos terminados en –ante o –ente y, procedentes en gran parte de participios del presente latinos, y que funcionan en su mayoría como comunes, en consonancia con la forma única de los adjetivos con estas mismas terminaciones (complaciente, inteligente, pedante, etc.): el/la agente, el/la conferenciante, el/la estudiante. No obstante, en algunos casos se ha generalizado el uso femeninos en –a, como clienta, dependienta o presidenta.
  • Los que acaban en –l o –z tienden a funcionar como comunes: el/la cónsul, el/la corresponsal, el/la capataz, el/la juez, el/la portavoz, en consonancia con los adjetivos terminados en estas mismas consonantes, que tienen, salvo poquísimas excepciones, una única forma, válida tanto para el masculino como para el femenino: dócil, brutal, soez, feliz (no existen las formas femeninas *dócila, *brutala, *soeza, *feliz). No obstante, algunos de estos sustantivos han desarrollado con cierto éxito un femenino en –a, como es el caso de juez/jueza, aprendiz/aprendiza, concejal/concejala o bedel/bedela. Si el Diccionario de Dudas de la RAE recomienda el uso de estas formas exitosas, por qué el DRAE recomienda lo contrario?

El caso del femenino miembra

Podemos considerar que en el primero de estos casos anteriormente citados se encuentra el término miembro, ya que la forma masculina acaba en -o, y por tanto, no es descabellado usar una forma femenina en –a miembra (Nos referimos a la séptima acepción que da el DRAE, 22 ed. 2001 de la palabra miembro: individuo que forma parte de un conjunto, comunidad o cuerpo moral; y no al resto de acepciones, todas ellas de género gramatical masculino: 1. m. Cada una de las extremidades del hombre o los animales articuladas con el tronco; 2. m. Pene, 3. m. Parte de un todo unida él; y 4. m. Parte o pedazo de una cosa separada de ella), etc.

Por tanto, aunque caben los chistes fáciles y facilísimos (tanto desde la perspectiva machista, como desde la feminista, puesto que en este caso podemos aludir al sexo, al género y a los miembros genitales, desviándonos fácilmente de la cuestión lingüística), existe cierta tendencia histórica, y perfectamente verificable no sólo realizando de forma seria y rigurosa un análisis histórico de la evolución gramatical de algunos cambios terminológicos, sino echando una simple ojeada y comparando las voces, acepciones y cambios de género gramatical, que se recogen en los diccionarios de la RAE de los últimos años.

De esta forma, podemos afirmar que los sustantivos que comienzan a utilizarse en el habla de forma vacilante entre las formas (el ministro/la ministro y el ministro/la ministra), aunque en el diccionario de la RAE sólo se recojan como sustantivos comunes en cuanto al género durante una larga temporada como ocurre con el término, en su séptima acepción, el miembro/la miembro, si acaban consolidándose en el habla y se generalizan las formas femeninas, tras años de batalla con los miembros de la RAE, son aceptadas también en el DRAE y fijadas con un término aparte las formas femeninas (ministra) (médica), que pervivirán junto a las formas del sustantivo del género común (el/la ministro, el/la médica) hasta que en los sillones de la Academia recalen varias miembras y sólo conste un término que indique las formas masculina y femenina, sin ya aludir a los términos de género común.

Y es que, en el caso de que el sustantivo termine en –o (como miembro), la posibilidad del femenino –a si se generaliza su uso (miembra), no tiene vuelta atrás. El tiempo lo dirá y algunos académicos por su solidísima formación lingüística lo saben: Gregorio Salvador, Salvador Gutiérrez y José Antonio Pascual. Los dos primeros han arremetido contra su uso, con la rabia y la certeza de que éste conducirá, finalmente, a un doble término. Otros, a la vista de sus declaraciones, parece ser que ignoran las tripas y la historia de la lengua castellana. Y no nos gusta señalar a nadie.

16 comentarios:

Mikel dijo...

Desde la periferia del idioma (en euskera tenemos muchos líos, pero no el del género gramatical) me parece que las mujeres podrían utilizar la forma femenina para referirse a todos nosotros, y los hombres la masculina. Es decir, cuando una mujer diga todas nosotras se refiera a todas la personas. A no ser que matice, refiriéndose expresamente a las mujeres.
Y como se hace camino al andar, pues nada: seguid intentándolo, que en la pelea por la igualdad torres más altas han caido.

todoconcursos dijo...

Todo es mucho más sencillo de lo que una feminista por un lado, o un cárca defensor del lenguaje por orto, puedan pensar. Si a la gente de la calle, vamos, casi todos, nos "suena bien" decir ginecologa, lo usaremos, como de hecho hacemos. Si nos suena mal miembra, en este caso horrorosamente mal, no lo usaremos, es así de simple, no se va usar porque este prohibido ni porque sea obligatorio.

curropar dijo...

¿Y por qué no?, preguntan... ¿Y por qué sí?, pregunto yo.

No sé de ningún taxista, futbolista, atleta, analista, documentalista, electricista, maquinista o periodista (varones, quiero decir), que hayan protestado porque la palabra con la que se designa su profesión termine en "a". O al menos, no con tanta publicidad.

Para no ser demagógico, lo mismo que defienden el uso y la aceptación de la palabra "miembra" deberían hacer lo mismo con taxisto, futbolisto, atleto, etc.

kehre dijo...

No, si yo lo veo bien, lo que no entiendo es por qué no empezamos a decir que Nadal es un estrello del tenis, que Sharapova es una númera una o que X (hombre) ha sido el cabezo de turco de la operación Y.

En los ejemplos que usted pone se habla de profesiones o actividades, y tiene sentido la forma femenina; en el caso de ‘miembro’, como en el de ‘estrella’, ‘número uno’, o ‘cabeza de turco’ hablamos de analogías con términos que en sí son invariables y a los que lo más que se les puede añadir es el artículo correspondiente, y no siempre, p. ej., en el caso de estrella aplicado a hombres. Sí en el de ‘la miembro’, ‘el cabeza de turco’ o ‘la número uno’. Supongo que por cuestiones de uso difícilmente analizables.

En fin, sigan ustedes por ahí que vamos bien.

Ramon dijo...

Realmente fantàstico.
Me gustaría trasladarle la desigualdad en la que se encuentran las mèdicas catalanas.
Segun el Diccionari de l'Enciclopèdia Catalana, un "metge" (medico en catalán) es una persona licendiada en medicina.

http://www.enciclopedia.cat/fitxa_v2.jsp?NDCHEC=0123290

En canvio y desgraciadamente una "metgessa" (mèdica) es una mujer que simplemente ejerce la medicina.

http://www.enciclopedia.cat/fitxa_v2.jsp?NDCHEC=0123292

No se dan cuenta? És fantàstico! Las mujeres no hace falta que sean licenciadas! Con esto podemos solucionar la falta de medicos que hay en este país.

Manuel dijo...

Para contribuir al debate presento este extracto de la ponencia Lenguaje y discriminación sexual en la lengua española, de Álvaro García Meseguer.

Aquí el artículo completo.

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Relaciones entre género gramatical y sexo

Desde el punto de vista del género los nombres en español se pueden dividir en dos grandes grupos según la forma de la palabra. De un lado, encontramos palabras de doble forma que son aquellas que, con una misma raíz, se desdoblan en dos según terminen en -o o en -a (muchas, aunque no todas; pero lo relevante es que la raíz es común), como por ejemplo amigo-amiga; hermano-hermana; pintor-pintora; etcétera. De otro lado, encontramos palabras de forma única que son aquellas que no tienen pareja, son palabras morfológicamente aisladas, como por ejemplo mesa (no existe meso), montaña (no existe montaño), lápiz, papel, etc.

La mayor parte de las palabras de doble forma pertenecen al mundo animado y sólo una pequeña parte pertenece al mundo inanimado (como farol-farola; charco-charca; cesto-cesta). Inversamente, la mayor parte de las palabras de forma única pertenecen al mundo inanimado y sólo una pequeña parte (como bebé, víctima, persona) pertenece al mundo animado. Como aquí nos interesa tan sólo este último, dejaremos de lado el mundo inanimado y pasaremos ahora a clasificar (siempre desde el punto de vista del género) las palabras del mundo animado en dos grupos, el segundo de los cuales posee tres subgrupos. Tras clasificarlos, veremos qué valor semántico tiene el género en cada grupo.

Grupo 1: Palabras de doble forma

En este caso, una forma es de género masculino y la otra de género femenino. Ejemplos: amigo-amiga, hermano-hermana, etc.

Grupo 2: Palabras de forma única

Grupo 2.1: de género masculino. Ejemplos: semental, cura, comandante, ejército

Grupo 2.2: de género femenino. Ejemplos: odalisca, ninfa, institutriz, tropa

Grupo 2.3: de género común. Ejemplos: testigo, joven, inteligente, periodista

Las palabras del grupo 2.3 admiten ambos artículos, es decir, pueden funcionar con género masculino o con género femenino.

Pues bien, las relaciones entre género y sexo en español son las siguientes:

En el Grupo 1 la voz femenina designa siempre mujer y la voz masculina puede designar, según el contexto, varón o persona (sexo no marcado), tanto en singular como en plural.

En el grupo 2.1 todas las palabras son de género masculino. Las que designan a un colectivo (ejército, comité, etc) evidentemente no marcan sexo (el hecho de que el ejército de muchos países no admita a mujeres no cambia lo dicho; cuando las admita, la palabra no cambiará, lo cual prueba que la palabra ejército no marca sexo en sí misma). En cuanto a las que designan a individuos, el sexo del referente de estas palabras puede ser cualquiera, ya que se dan las tres posibilidades:

· semental, cura, eunuco designan varones

· penco, putón, marimacho designan mujeres

· personaje, bebé, ser designan persona (sexo no marcado).

En el Grupo 2.2 sucede algo muy parecido pero complementario. Aquí todas las palabras son de género femenino. Las que designan a un colectivo (clase, comisión, etc) evidentemente no marcan sexo. En cuanto a las que designan a individuos, el sexo del referente de estas palabras puede ser cualquiera, ya que se dan las tres posibilidades:

· institutriz, ninfómana, amazona designan mujeres

· maricona, mariposa, santidad designan varones

· persona, víctima, criatura designan persona (sexo no marcado).

En el Grupo 2.3 pueden suceder dos cosas. Si estas palabras llevan artículo o cualquier otra palabra concordante que les otorgue género, se comportan semánticamente como las del grupo 1; así por ejemplo, el testigo - la testigo se comporta igual que el amigo - la amiga. Pero si no llevan artículo ni otra palabra que les otorgue género, mantienen su valor de género común y, por consiguiente, no marcan sexo.

Hemos acabado así el estudio de las relaciones género-sexo, del cual podemos sacar bastantes enseñanzas prácticas relacionadas con el sexismo. En particular, podemos descubrir hasta qué punto incurrimos nosotros mismos en sexismo del oyente. Para ello y a título de ejemplo, consideremos qué imágenes evocan en nosotros las siguientes frases:

· Su colega de despacho resultó ser espía

· Se necesita periodista inteligente

· La Guardia Civil detiene a cinco terroristas

· ¿Es cierto que eres homosexual? ¡Confiésalo, cobarde!

Si alguna de estas frases nos ha parecido que se refería únicamente a varones, hemos incurrido en sexismo del oyente, ya que todas las palabras animadas en estas frases son de género común (grupo 2.3) y, al no ir acompañadas de artículo, no poseen un género explícito ni mucho menos poseen marca de sexo.

Consideremos ahora las siguientes frases:

· Los bebés se movían inquietos en sus cuna

· Las huelgas de médicos causan mucho daño a los ciudadanos

· Es un lince para los negocios y un atún para los estudios

· A ese pobre cura le ha tocado una parroquia llena de pendones

Cualquier español entiende que las dos primeras frases amparan a ambos sexos, que la tercera puede referirse a un varón o a una mujer indistintamente y que la cuarta alude a un varón primero y a unas mujeres después. Y sin embargo, todas las palabras de esas frases tienen el mismo género, son masculinas. Queda claro, por tanto, que la afirmación El género masculino oculta a la mujer es un simplismo. Donde reside la cuestión no es en la lengua en sí, sino en el contexto del oyente.

(Recomiendo al lector que se entretenga en clasificar las palabras animadas de los ejemplos anteriores según los grupos anteriormente comentados. Verá que hay dos palabras del grupo 1 y cinco palabras del grupo 2.1, siendo estas cinco de diverso valor semántico en cuanto al sexo del referente).

De forma complementaria, considérense ahora las siguientes frases:

· Las criaturas jugaban alborozadas

· Es una hiena para los negocios y una paloma para su familia

· Esa pobre institutriz no sabe que está casada con una maricona

Como en el caso anterior, cualquier español entiende todas estas frases y sabe que la primera ampara a ambos sexos, que la segunda puede referirse a un varón o a una mujer indistintamente y que la tercera alude a una mujer primero y a un varón después. Y sin embargo, todas las palabras de estas frases tienen el mismo género, son femeninas. La afirmación "El género femenino alude a mujer" cae, pues, por tierra.

quinto pretoriano dijo...

Miemte en cuanto a la palabra sastra en su maldito afán de ponerle una A a toda palabra aunque esta sea malsonante y nada machista , ya que esta palabra existe desde el nacimiento del machista castellano y sino vea lo que dice el diccionari pahispánico de dudas .

sastre -tra. ‘Persona que por oficio corta y cose vestidos’. Aunque por su terminación sería normal su uso como sustantivo común en cuanto al género (el/la sastre; → género2, 1a y 3c), el único femenino documentado para esta voz es sastra, registrado ya en el diccionario de Nebrija (1495): «Me he quedado sin sastra, porque se ha casado» (BVallejo Música [Esp. 1989]). No es normal, y debe evitarse, el femenino Marca de incorrección.sastresa.

quinto pretoriano dijo...

Porque en ese afán de igualdad no permitis la libre publicación de comentarios, siempre que estos no sean ofensivos, ni lesivos; sabéis por qué simple y sencillamente porque no ejercéis la igualdad sino algo que se llama FEMINISMO, tan horroroso y vengativo como lo que hasta hace muy poco, y hoy todavía presente llamado MACHISMO .

askhim dijo...

Lo de frailas va de co%a, no? El femenino de fray/ile/s es sor/es...

joarnot dijo...

Confunden género con sexo. Es ridículo.
Por ejemplo, 'pensionistas' se refiere a un grupo de gente que disfruta de una pensión, sin tener en cuenta su sexo.
Aparte de que ésto ya viene mal desde el principio, tener que referirse a un grupo de lo que sea con su masculino y femenino es otra ridiculez en tanto en cuanto existe una palabra que se refiere a ambos sexos, y no por ello es discriminante, ni debería suponer una ofensa para ningúna mente racional y razonable.
Cuántas fuerzas perdidas en cosas sin importancia...

Vladimir / Lu / Dra. Marols dijo...

Bueno, pues nada, la típica resistencia al cambio. Curioso que todos los que protestáis (¿por qué protestáis?) seáis hombres.

Yo lo pondría todo más fácil: un par de milenios en que el genérico sea feminino y ya está. ¡Ves que fácil!

Ladran, pues cabalgamos.

Nosotras, tranquilas, vamos tejiendo esos cambios. Como dice Alain Touraine, el cambio cultural lo están provocando las mujeres en la vida privada.

todoconcursos dijo...

No queda muy claro que personas o personos han protestado aquí.

Manolo dijo...

El lenguaje es algo vivo, y tiende a la simplicidad. Los ingleses no eran femministas cuando en el proceso de creación de su lenguaje acabaron con un único generico plural.
Las profesiones acaban en a, en o, o en otras terminaciones y eso no debe ser asimilado al género sexual.
estais destrozando el lenguaje sin ninguna ventaja para las mujeres

Peor que multiplicar las profesiones que terminan en "o" es lo de los genéricos.
Que pena!! ¡¡Como se está desprestigiando una cosa tan importante como el feminismo con una patochada como la batalla por un lenguaje farragoso y estúpido. !! "Tarzán de los monos y las monas, se proyectó ayer en el improvisado cine del campamento de refugiados y refugiadas, los y las cuales quedaron contentos y contentas por la nueva experiencia" Basta de tonterías.

mujeres.libres dijo...

Me parece una buena idea crear este espacio de debate y aunque creo que el lenguaje no es aseptico, sino que contiene la propia historia del ser humano(hombres y mujeres). Sin embargo,no estoy de acuerdo con la dimensión politica-linguistica de la utilización del termino "miembras".
En mi opinion, ha sido un lapsus de la ministra .No es la primera vez que ministros o cualquier personaje publico se equivoca. Me puedo escandalizar, reir o avergonzar, segun mi humor y quien sea el protagonista, ante meteduras de patas (que las hay y afectan a los dos sexos) pero no las convierto en batallas politicas.Y menos las convierto en el test de lo correcto/incorrecto desde el feminismo.
Más aun, si la ministra ha utilizado el termino "miembras" en un afan provocador y ejemplificador, me parece que entonces si que esta despistada,pues hay asuntos pendientes mas graves, entre ellos, el mantenimiento de legislacion sobre el aborto criminaliza a las mujeres. Hay que recordar que la ministra en su intervención solo mencionó que el Gobierno iba a abrir una reflexión sobre esta materia. La verdad es que me gustaria que fuera más osada y resolutiva para defender derechos de las mujeres que se estan atacando.

juandesant dijo...

¿Por qué no existe un blog denominado "jovenas"? Porque ya utilizó ese "palabro" (por cierto, ejemplo de que el masculino se puede utilizar para denigrar una palabra) Carmen Romero en un mítin…

Pero entonces la gente reconocía cuándo se había equivocado, y hoy en día parece que se tercia más el "sostenella y no enmendalla".

Ups, parece que se vuelve a utilizar lo de jóvena…

http://www.lacoctelera.com/ernesto-jimenez/post/2008/02/22/jovenes-y-jovenas

Respecto a lo de ladran, luego cabalgamos, quizá no sean ladridos, sino advertencias de que se corre peligro por ir en dirección contraria. A veces, la gente no es tan mal pensada.

Caótica dijo...

Mikel... vasco tenías que ser! Hay mucha inteligencia por ese norte!